Obra de teatro: O Marinheiro
De Fernando Pessoa
O marinheiro por el Teatro Matacandelas
Por: Cristóbal Peláez
El drama lírico O marinheiro es, inadvertido para su momento, un suceso insólito de 1913 en aquel lejano Portugal tan al margen de las corrientes de avanzada en Europa. Fernando Pessoa, culto, de educación inglesa, que estaba al tanto de los modernos movimientos estéticos de comienzos de siglo. Si bien no era un conocedor a fondo de la maquinaria teatral, tampoco era extraño a las reglas del juego dramático, como cabe suponer de los grandes artistas que ocasionalmente incursionan con propiedad en géneros adyacentes a su ocupación fundamental (piénsese en un Picasso escribiendo el deseo atrapado por la cola o un Cocteau dibujando y dirigiendo cine); esto no en aras de una diletancia o del fervor de una desmesura sino, por el contrario, en el cumplimiento del más variado y complejo ejercicio estético, pasión poética que se desborda en distintas manifestaciones de aquellos que asumen su formación renacentista.
Su extenso poema O marinheiro, una rareza en toda su producción literaria, es un acto que surge de sí mismo, de su sueño lúbrico, antes que de un oficio pleno de dramaturgo; un drama de esta naturaleza es imposible en el profesional que construye piezas pensando en la posibilidad representativa. Se palpa allí esa libertad formal inencontrable en la partitura teatral guía del proyecto práctico del montaje. Fue publicada por primera vez en Orpheu I y, hasta donde sabemos, nunca fue representada en vida del autor.
En O marinheiro nos encontramos con un teatro sin movimiento, sin acción externa, de horizontes apenas vislumbrables, que quiere llevarnos al principio de la filosofía oriental: el máximo movimiento es la quietud, el mayor lenguaje es el silencio; donde es válido añadirle el axioma de una teoría moderna occidental: en arte lo menos es más. En el entorno del espacio físico (el teatro no sucede en ninguna parte, sólo en el corazón de los espectadores) el espectador avisado podrá encontrar un paisaje (el interior-externo, el externo-interior) de Magritte o de un Delvaux, puede que un Dalí, una visión que se alterna entre la plenitud simbolista y los azules celestes del surrealismo.
En cuanto a nuestro punto de partida, vale decir que el espectador modelo lo pedimos distendido, ritual, esotérico, sin prisa, seres predispuestos a la otredad, más cercanos a las huellas improbables del más allá que a las palpables voces y figuras de la realidad. En todo caso, espectadores seducibles en el drama antes que en la trama, en este largo poema estático que resultará aburrido para quienes no se sientan urgidos por presencias extrañas.
La música y los efectos sonoros creados, a propósito, y ejecutados en vivo en el lapso de la representación por Óscar Mario Castañeda y Diego Sánchez, buscan reforzar la experiencia onírica acentuando el doloroso trance de la duermevela. Una aproximación a la ensoñación.
Las cuatro actrices, Nadia Silva, en el rol de la doncella muerta, Lina Castaño, María Isabel García y Ángela María Muñoz, en la actitud de presencias veladoras, han procurado despojarse del adorno teatral, de la teatralidad supuesta, para ir al encuentro de su intimidad oculta. En ellas no hay un doblarse o un fingir que se dobla; por el contrario, hay un desdoblarse, una incursión riesgosa a lo único demostrable en la velada nocturna: el misterio.
Hora: 6:00 pm - 8:00 pm
Lugar: Auditorio Mario Laserna

